Aburrirse a propósito
Un estudio real les hizo copiar números de un directorio telefónico antes de pedirles ideas. Los que se aburrieron primero, después pensaron mejor.
2 min de lecturaEn 2014, dos investigadoras británicas, Sandi Mann y Rebekah Cadman, publicaron en la revista Creativity Research Journal un experimento que contradice casi todo lo que hacemos hoy con nuestro tiempo libre. Dividieron a los participantes en grupos: a algunos les pidieron, antes de empezar la prueba real, que copiaran números de un directorio telefónico durante un rato -- una tarea deliberadamente tediosa, diseñada para aburrir. Después, a todos les pidieron generar tantos usos posibles como se les ocurriera para un objeto cotidiano, la prueba estándar para medir pensamiento creativo. El grupo que se había aburrido primero generó más ideas que el grupo que no pasó por esa tarea.
En una segunda parte del experimento, cambiaron el tipo de tarea aburrida -- de copiar números a leer un texto tedioso -- y el resultado cambió con ella: la lectura aburrida no produjo el mismo efecto que la escritura aburrida. Las investigadoras propusieron una explicación: no es el aburrimiento en sí lo que dispara la creatividad, es lo que el aburrimiento permite que pase después -- la mente, sin nada que sostener su atención, empieza a divagar, y es en esa divagación sin rumbo donde aparecen las conexiones que uno nunca hubiera buscado a propósito.
Mann lo resumió así en 2013, al presentar hallazgos relacionados: el aburrimiento en el trabajo siempre se ha visto como algo que hay que eliminar, pero tal vez deberíamos aceptarlo porque potencia la creatividad.
Vale la pena decirlo con honestidad: la evidencia en este campo no es unánime -- una revisión más reciente de la literatura describe el panorama como genuinamente mixto, y la mayoría de los estudios más sólidos se hicieron con adultos, no es claro que el efecto se repita igual en otras poblaciones. Pero el hallazgo central -- que la mente ociosa no es tiempo perdido, sino tiempo donde pasa algo distinto -- alcanza para cuestionar un hábito que casi nadie cuestiona: eliminar cualquier segundo de aburrimiento con un teléfono a la mano.
Ese aburrimiento que antes pasaba en un bus, en una fila, en los minutos antes de dormir, casi desapareció. No porque alguien decidiera que ya no servía, sino porque ahora hay siempre algo a un clic de distancia para llenarlo. Si esta investigación tiene razón, eso no es una pérdida neutral. Es, posiblemente, la desaparición silenciosa del único momento del día donde la mente podía divagar sin que nadie -- ni siquiera uno mismo -- se lo impidiera.
No se trata de prescribir aburrimiento como una rutina más que cumplir. Se trata de dejar de tratar cada segundo vacío como un problema que hay que resolver de inmediato con una pantalla. A veces ese vacío no es el problema. Es, literalmente según la evidencia, donde empieza lo siguiente.