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PSICOLOGÍA — 15 DE OCTUBRE DE 2026

Mentalidad de crecimiento: un efecto real, pequeño y todavía en disputa

Creer que puedes mejorar tu inteligencia suena como una receta mágica para el rendimiento. La evidencia muestra efectos modestos, concentrados en ciertos estudiantes, y los expertos aún discuten cuánto vale la pena confiar en ellos.

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La idea es seductora y fácil de resumir: si crees que tu inteligencia puede desarrollarse con esfuerzo, rendirás más que si crees que es fija. Es la «mentalidad de crecimiento», asociada a la psicóloga Carol Dweck, y ha inspirado intervenciones en escuelas. La pregunta que importa es qué tan fuerte es la evidencia de que enseñarla mejora los resultados.

Hay tres piezas principales, y conviene leerlas juntas.

La primera es un metaanálisis publicado en 2018 en Psychological Science por Victoria Sisk y sus colegas. Reunió 29 estudios experimentales con más de 57.000 participantes en total y encontró un efecto pequeño pero estadísticamente significativo de las intervenciones sobre el rendimiento académico, de alrededor de 0,08 en tamaño del efecto. Es decir, un efecto real en promedio, pero modesto.

La segunda es un gran experimento aleatorizado publicado en 2019 en Nature, dirigido por David Yeager: unos 12.000 estudiantes de noveno grado en colegios públicos de Estados Unidos recibieron una intervención corta en línea, de menos de una hora. El efecto promedio fue pequeño. Pero entre los estudiantes de menor rendimiento, las notas en las materias principales subieron en torno a 0,10 puntos, y no hubo un efecto significativo en los de mayor rendimiento. Los resúmenes añaden que el efecto fue mayor en colegios donde el entorno favorecía las materias exigentes. Dweck sostuvo que una mejora media de una décima de punto, vista junto a otras iniciativas educativas, no es trivial; otros comentarios señalaron que no es una mejora que cambie una vida.

La tercera es la crítica. En 2023, Brooke Macnamara y Alexander Burgoyne publicaron en Psychological Bulletin otro metaanálisis con una conclusión mucho más escéptica. Según sus autores, el 94 % de las intervenciones tenía factores que confundían los resultados, los autores con un incentivo económico conocido tenían dos veces y media más probabilidad de reportar efectos positivos, y los estudios de mayor calidad mostraban menos beneficio. Concluyeron que los efectos aparentes pueden deberse a diseños débiles y sesgos.

Y la disputa no está cerrada. Elizabeth Tipton y sus colegas reanalizaron los mismos datos con el enfoque de otro metaanálisis, el de Burnette, y llegaron a conclusiones más matizadas, coherentes con la teoría. Macnamara y Burgoyne respondieron que Tipton y su equipo cambiaron tamaños del efecto, la codificación de variables y los estudios incluidos, y que esas decisiones deben fijarse de antemano.

Qué queda en limpio. Hay experimentos aleatorizados de buen tamaño, y sus efectos promedio son pequeños. Hay beneficios más claros en estudiantes con más dificultades, y hay una discusión metodológica genuina sobre cuánto del efecto es sesgo. No es un fraude ni una receta, y las dos versiones simplistas, «funciona» y «es un mito», se quedan cortas.

Si lo aplicas a tu vida o a tu equipo, la lectura honesta es esta: los efectos, cuando aparecen, son pequeños y se concentran sobre todo en quienes parten de una situación más difícil. No sustituyen a una buena enseñanza ni a un entorno que te apoye, y conviene desconfiar de quien lo venda como una solución.