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INSPIRACIÓN — 13 DE OCTUBRE DE 2026

Katalin Karikó · Ciencia

Treinta años de «no»

La degradaron, le negaron fondos y pensó en dejar la ciencia. Su terquedad con el ARN mensajero terminó haciendo posibles las vacunas contra el COVID y le dio el Nobel.

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En 1985, Katalin Karikó salió de Hungría con su esposo, su hija de dos años y un oso de peluche. Dentro del oso iban cosidos unos 1.200 dólares, lo que habían conseguido al vender el carro de la familia. Era todo lo que tenían para empezar de nuevo en Estados Unidos, persiguiendo una idea que casi nadie tomaba en serio: que el ARN mensajero —la molécula que le dice a las células qué proteínas fabricar— podía convertirse en medicina.

La idea era elegante en teoría y desastrosa en la práctica. El ARN fabricado en laboratorio provocaba inflamación al inyectarse: el sistema inmune lo detectaba como un invasor y lo atacaba. Para la mayoría de sus colegas, eso era razón suficiente para dedicarse a otra cosa. Para Karikó, era el problema que había que resolver.

Las agencias de financiación no pensaban igual. Sus solicitudes de fondos eran rechazadas una y otra vez. En 1995, la Universidad de Pensilvania le puso un ultimátum: abandonar esa línea de investigación o aceptar una degradación. Según contó a Wired, el nuevo cargo la sacaba de la carrera hacia una plaza permanente y le dejaba un salario por debajo del de su técnico de laboratorio. Esa misma semana le diagnosticaron cáncer. Su esposo llevaba meses varado en Hungría por un problema de visado.

Karikó ha contado que en ese momento pensó en irse a otro lugar o dedicarse a otra cosa, y que llegó a preguntarse si no sería lo suficientemente buena ni lo suficientemente inteligente. Aceptó la degradación. Y siguió trabajando en el ARN.

La historia cambió en la fila de una fotocopiadora. A finales de los noventa, Karikó coincidió allí con Drew Weissman, un inmunólogo recién llegado a Penn que quería desarrollar una vacuna contra el VIH. Ella se describía a sí misma como una «empujadora de ARN» y le ofreció fabricarle cualquier ARN mensajero que quisiera probar. Él aceptó.

Juntos atacaron el obstáculo de siempre: la inflamación. En 2005 publicaron en la revista Immunity el hallazgo que lo cambió todo: si se modifican ciertas piezas químicas del ARN —por ejemplo, reemplazando la uridina por pseudouridina—, el sistema inmune deja de reaccionar contra él. El ARN podía entrar a las células sin disparar la alarma.

El artículo no causó revuelo. Durante años, el trabajo siguió siendo una curiosidad de laboratorio. En 2013, Karikó salió definitivamente de Penn —ella misma ha dicho que la empujaron hacia afuera— y se unió a BioNTech, una empresa alemana entonces poco conocida, donde llegó a ser vicepresidenta sénior.

Luego llegó 2020. Cuando el mundo necesitó una vacuna contra el COVID-19 en tiempo récord, la tecnología de ARN modificado que Karikó y Weissman habían desarrollado estaba lista. Pfizer-BioNTech y Moderna la licenciaron para sus vacunas, que se aplicaron cientos de millones de veces en todo el mundo.

En octubre de 2023, Karikó y Weissman recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos sobre las modificaciones de nucleósidos que hicieron posibles las vacunas de ARNm contra el COVID-19. Penn, la misma universidad que la había degradado, los llamó «científicos excepcionales» y calificó el premio de «profundamente merecido».

Lo extraordinario de esta historia no es el final, sino el largo tramo del medio: los años en los que nada indicaba que valiera la pena seguir. Karikó no tenía ninguna prueba de que su idea iba a funcionar. Tenía un problema que le parecía importante y la disposición a seguir trabajando en él aunque nadie más lo viera.

Hay una lección incómoda ahí: el reconocimiento casi nunca llega a tiempo para servir de motivación. Si Karikó hubiera necesitado que alguien le confirmara que iba por buen camino, habría abandonado en 1995. Lo que la sostuvo fue algo más simple y más difícil: la convicción de que el trabajo valía por sí mismo.